Tablao flamenco

En los tiempos en que la bailaora Carmen Amaya era toda una celebridad, un año después de su triunfo en la gran pantalla con la película Los Tarantos, de Francisco Robira Beleta, abría en el corazón de Barcelona un tablao que desde entonces, en 1963, hasta hoy día ha servido algunas de las mejores sesiones de flamenco que se hayan podido ver jamás en la capital catalana. Y es que la ciudad condal ha sido siempre una de las plazas más importantes del mundo del arte del flamenco, una ciudad que ha acogido, que ha visto nacer, a algunos de los mejores intérpretes de este género surgido junto al río Guadalquivir a finales del siglo XVIII.
Un rincón de la Plaça Reial, a pocos metros del lugar donde se desarrolló una forma autóctona y heterodoxa del flamenco, la rumba catalana, cerca de unas calles que habían acogido locales donde durante los primeros años del siglo XX se habían producido sonadas juergas flamencas, tomó el relevo de ese sedimento artístico, durante los años 60, y con el tiempo se convirtió en uno de los pocos tablaos de la época que todavía permanecen abiertos en Barcelona.
Pero el Tarantos no sólo ejemplifica la voluntad de una ciudad por mantener vivo el espíritu de una de las formas artísticas más exitosas de nuestro país, sino que también es la muestra más fehaciente del carácter de un barrio, Ciutat Vella, de una ciudad, Barcelona, abierta al mestizaje, al reconocimiento de las músicas del mundo que han cautivado a miles de aficionados locales y que, poco a poco, han constituido una parte significativa de la realidad cultural de nuestro país.
Hoy, el flamenco goza de un excelente estado de salud en Barcelona gracias, en parte, a la labor de tablaos como el Tarantos; un referente indiscutible para las nuevas generaciones de flamencos catalanes, y para los que desean disfrutar de una buena sesión de flamenco.







